jueves, 27 de febrero de 2014

¿Hacemos una serie de “Seven”?



True Detective junta lo mejor de las historias de asesinos en serie y lo eleva a nuevas cuotas

Alerta de NO-spoilers: éste texto no contiene ningún avance de la trama que pueda perjudicar la fastuosa -y urgente- experiencia del visionado de la serie.

Ironías de la vida: mientras David Fincher triunfa con la segunda temporada de House of Cards –que ya tiene confirmada su tercera–, True Detective irrumpe en la constelación seriéfila a martillazos. Me parece gracioso porque, si tuviera que convencer a un amigo de lo necesario que resulta ver la nueva serie de la HBO, se la definiría como un sueño húmedo y sincrético del proprio Fincher en el que Seven toma prestados elementos de El Club de la Lucha y de La Red Social para cristalizar en un collage orgásmico de pesadillesca naturaleza que es, desde ya, obra de culto.

Pero el padre de la criatura no es Fincher sino Nic Pizzolatto, creador y guionista, que junto a Cary Fukunaga, director, rubrican esta obra de arte. En contra de la tónica habitual de las grandes producciones americanas, los 8 capítulos que conforman la serie (en el momento de escribir estas líneas acaba de salir el sexto) están escritos y dirigidos por esta pareja. Y punto. En True Detectiveno hay lugar para el baile de directores –la consabida regla de dejar piloto y el finale para el pez gordo y el resto para los menores– ni, sobre todo, para el equipo de incontables novelistas, guionistas script doctors etc. que acostumbran a meter mano en la narrativa de este tipo de productos. Se nota, créanme. El acabado autoral que da personalidad a la serie refleja la coherencia que sólo puede pertenecer a una obra con la vieja idea del único creador como instancia todopoderosa.

“La extrema demacración física y espiritual de Rust Cohle en el presente tiñe el ya de por sí depresivo relato del pasado de funesta fatalidad”

True Detective cuenta la historia de Rust Cohle(Mathew McConaughey) y Martin Hart (Woody Harrelson) dos detectives de homicidios del estado de Louisiana a la caza de un asesino en serie. Al más puro estilo La Red Social –digamos también al de Como Conocí a vuestra Madre, que no es lo mismo pero ya me entienden–, la historia recorre 17 años alternando constantemente entre el interrogatorio retrospectivo de los protagonistas en la actualidad y los varios momentos clave de la investigación en el pasado, jugando con la ironía entre lo que explican los personajes y lo que muestran las imágenes que sucedió realmente. La extrema demacración física y espiritual de Rust en el presente explota este mecanismo de maravilla, tiñendo el ya de por sí depresivo relato del pasado de funesta fatalidad: queremos saber qué atrocidades hundieron al personaje de McConaughey hasta convertirlo en la sombra de ser humano que es hoy. Y no es que antaño fuera el alma de la fiesta.

No me malinterpreten: la actuación de toda la plantilla es ejemplar –Woody Harrelson, inmaculado–, pero la serie se yergue sobre el personaje de Rust Cohle. Mathew McConaughey, que lleva tiempo avisando que lo de chico guapo para insufrible comedia romántica quedó muy, muy atrás –Killer Joe, Mud, El Lobo de Wall Street–, se carga la serie a las espaldas en un tour de force interpretativo capaz de derrumbar al mejor. En palabras de Pizzolatto: “En las manos de un actor de menor escala, muchas de estas líneas podrían sonar ridículas”. Pero no es el caso: Mathew emerge victorioso.

Rust Cohle es el resultado de exponer un individuo con una mente brillante y propensión al alcoholismo a profundos traumas existenciales, una sobredosis de filosofía alemana post-idealista, manuales de criminología y un árido positivismo científico. No lo prueben en casa. Arthur Schopenhauer, el padre del pesimismo filosófico moderno, creía que la existencia humana era algo carente de todo valor fundamental: una lucha sin sentido guiada por una fuerza inconsciente que no podemos controlar en un mundo meramente materialista e irracional. Escribía: “La vida oscila, pues, como un péndulo entre el sufrimiento y el tedio” y que el único consuelo, por llamarlo de algún modo, lo podríamos encontrar en la disolución del individuo, en la propia negación. Si añadimos el arsenal absurdizador que la posmodernidad y la ciencia –piensen en la teoría del Gen Egoísta– le dan a uno hoy en día, vemos que Rust no se hizo un gran favor consagrando su vida al departamento de homicidios. Quizá hubiera sido mejor para él considerar un trabajo de probador de peluches antes que el de cazador de asesinos desquiciados. Pero claro, alguien tenía que hacerlo, y así el espectador se encuentra continuamente enfrentándose a monólogos del estilo: “Creo que lo único honorable que podría hacer nuestra especie es negar su propia programación. Dejar de reproducirnos y caminar dándonos las manos hacia la extinción. Una última noche, hermanos y hermanas optando por salirse de un trato injusto”. Imagino a Schopenhauer aplaudiendo desde el palco.

“El personaje de Harrelson es justo lo contrario que requeriría el tópico: lejos de ser la antítesis idealista, bondadosa y paternal que ejercería de contrapeso a Rust –el Watson de todo Sherlock–, está lleno de sombras, descreimiento y contradicciones”

Si el personaje de McConaughey ya es fascinante –¿he mencionado que su pasado con las drogas le induce episodios de fuga de realidad con el consecuente deleite cinematográfico?– la relación que se establece entre Rust y su compañero Marty hace el resto. El personaje de Harrelson es justo lo contrario que requeriría el tópico: lejos de ser la antítesis idealista, bondadosa y paternal que ejercería de contrapeso a Rust –el Watson de todo Sherlock–, el detective Hart está lleno de sombras, descreimiento y contradicciones. La tridimensionalidad del personaje que se nos muestra a través de los problemas de su vida conyugal –inmensa Michelle Monaghan como esposa de Hart– , aporta momentos que completan el rango de temas y posibilidades que explora la historia, siempre desesperanzadora y crítica con la naturaleza humana, con nuestras pasiones, nuestros ideales y nuestras instituciones.

Podrían decirse muchas cosas más sobre una obra tan densa, en el mejor de los sentidos, comoTrue Detective –parece que los responsables de la serie han confirmado que la segunda temporada 1) está en marcha y 2) no tendrá apenas continuidad con la primera, incluso se habla de personajes (y por lo tanto, actores) completamente distintos– pero, pase lo que pase, podemos afirmar ya que estamos delante de una auténtica joya. Espero que hayan detectado una idea implícita atravesando el artículo: les recomiendo que la vean.

P.D.: Si me permiten una reflexión filosófica al margen que viene muy a cuento, quería comentar la tesis Nietzscheana del eterno retorno que aparece recurrentemente (jajaja) a lo largo de la serie. La idea flota ubicua en todos los episodios: desde Rust explicando el concepto citando al propio Nietzsche hasta el intento de vincular la doctrina con una convenientemente depurada interpretación de la teoría M del espacio-tiempo; o en niveles más sutiles, como la propia estructura de la serie –repetición del pasado en el presente- o la sugerente forma de espiral con la que el asesino mancilla sus víctimas. A falta de los dos últimos episodios, no parece aventurado afirmar que la idea tiene mucha importancia en la reflexión temática que sugiere la historia.

Brevemente, la hipótesis del eterno retorno dice que, dado que hay una probabilidad de que un mundo idéntico al nuestro se dé (siendo nuestro mundo la prueba evidente de que dicha posibilidad existe), si el espacio es finito y el tiempo infinito, nuestra existencia se repetirá un infinito número de veces. Si las premisas son ciertas –y ninguna es descabellada desde el punto de vista de la física teórica, es decir, de una ciencia fuerte– la conclusión se sigue de forma necesaria. Esta concepción circular del tiempo es calificada por Nietzsche como una idea asfixiante, que infunde un terror paralizante en quien la piensa “el más pesado de los pensamientos”. En contra de la extendida concepción popular de que el filósofo alemán defendía un nihilismo pesimista cuando, de hecho, su principal objetivo fue luchar contra él y superar los ideales caducos de su tiempo –tarea que dejó inacabada antes de completar una obra que nunca vería la luz, La reevaluación de todos los valores, por un tema relacionado con volverse loco de remate–, Nietzsche, contra Schopenhauer, proponía una respuesta enérgica y vitalista ante el pesar de la idea: “Mi fórmula para expresar la grandeza en el ser humano es el amor fati: no querer que nada sea distinto ni en el pasado ni en el futuro ni por toda la eternidad. No sólo soportar lo necesario, y menos aún disimularlo –todo idealismo es mendacidad frente a lo que es necesario–, sino amarlo.”

Digerir la idea del eterno retorno es cosa de perspectiva: imaginemos qué debe pensar Rust Cohle ante la idea que la crueldad humana que contempla en su día a día se repetirá ad infinitum. Intentando elegir entre la insoportable pesadez de una existencia condenada a repetirse para siempre y la insoportable levedad de una vida que es única, fugaz y nunca jamás se repetirá –Milan Kundera-, uno empieza a sentir cierta pequeñez, cierta desesperación. Lo decía un enloquecido y homicida Homer Simpson en un célebre episodio en el que se homenajea al El Resplandor: “Sin tele y sin cerveza, Homer pierde la cabeza”. Parece que ya sólo nos queda la cerveza.